El lugar vacío en la mesa: Qué sucede cuando muere alguien que amas?

Quizá sea tres días después del lamentable suceso, o tal vez sean tres meses, ves un meme gracioso o a un perro rapeando en tiktok, o un video en X que le habría dado rabia, la marca de galletas que solo él compraba, y tu pulgar ya estará buscando su nombre antes de que el resto de ti alcance a darse cuenta de que lo que quieres hacer no tiene sentido. Y entonces aterrizas, no está ahí para contestar, y te quedas parada en tu cocina sosteniendo un teléfono que de repente pesa más de lo que debería.

 

¿Por qué haces esto?

Semanas después del funeral, con total certeza de que la persona ya no está, sigues actuando como si estuviera a un toque de distancia. ¿Qué es eso, exactamente? No la tristeza (a la tristeza ya llegaremos. Habló del gesto de estirar la mano, de poner dos tazas, de voltear a compartir un chiste con un asiento vacío. ¿De dónde sale eso, y por qué no para cuando estás tan dispuesto a dejar de hacerlo?

 

Si has escuchado que la única respuesta es: «estás atravesando las etapas del duelo», hay más tela de donde cortar. Lo que de verdad puede estar pasando es quizás más complejo, más mecánico y creemos mucho más esperanzador. Tiene una lógica detrás y una vez puedas ver esa lógica, el gesto de estirar la mano cobra sentido, los tiempos cobran sentido, y eso que todos te dicen («solo dale tiempo») por fin tiene un motivo debajo en lugar de ser solo un encogimiento de hombros, cada vez que tienes una pregunta.

 

El mapa que todos usan no es el correcto

¿Conoces las cinco etapas?  Negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Son tan familiares que parecen la receta para hacer limonada. La gente las usa regularmente para calificarse: «creo que estoy atascado en la ira», «me salté la negación, ¿eso está mal?  como si el duelo fuera un pasillo con cinco puertas y un orden correcto para cruzarlas.

 

Ese modelo viene de Elisabeth Kübler-Ross, en 1969, y nunca se construyó a partir de investigación con personas en duelo. Salió de sus observaciones de pacientes que estaban muriendo, enfrentando su propia muerte, y se prestó, se estiró y se aplicó a los deudos por una cultura hambrienta de una hoja de ruta.

 

Así que después de un tiempo, alguien por fin lo revisó. Maciejewski, Zhang, Block y Prigerson hicieron el Estudio de Duelo de Yale: 233 personas en duelo, seguidas desde uno hasta veinticuatro meses después de la pérdida, midiendo cinco «indicadores» a lo largo del tiempo: incredulidad, añoranza, ira, depresión y aceptación. Lo publicaron en JAMA en 2007, y los resultados, en contra de la teoría de las etapas mostraron que: la incredulidad no fue el indicador inicial ni dominante; la aceptación fue el ítem que más personas reportaron, y la añoranza fue el indicador negativo dominante desde el primer mes hasta el mes veinticuatro.

 

Así es, léelo de nuevo, la aceptación no fue la meta a la que la gente llegaba golpeada tras un año de negación y rabia, fue la respuesta más común desde el principio. Y el sentimiento que predominó, el que recorrió los dos años completos, no fue la ira ni la depresión, fue la añoranza, la falta, el gesto de estirar la mano hacia el teléfono, servir un plato de comida de más en la mesa, esperar que una acción en específico sea realizada en determinado momento.

 

Unos años después, Holland y Neimeyer intentaron replicar el patrón en una muestra distinta y más diversa. En general, solo encontraron un apoyo limitado para la teoría de las etapas. El pasillo de las cinco puertas no describe cómo la gente vive el duelo en realidad, las personas no hacen fila cortésmente en «negación» para salir por «aceptación», oscilan, retroceden, cambian, sienten cinco cosas en una tarde y se saltan etapas enteras por completo.

 

Piensa en lo que esa otra persona realmente era en tu día a día, no de forma poética, sino real, que funcion cumplia?. Cuando contabas una historia, se reía, cuando llegabas a casa, la cerradura giraba y había alguien ahí, cuando mandabas un mensaje, llegaba una respuesta, a veces en segundos, a veces en horas, nunca en un horario fijo, pero llegaba, cuando tenías frío, había alguien ahí para brindarte cobijo (o una manta por lo menos), cuando cocinabas de más, alguien se lo comía.

 

Cientos de veces al día, pequeñas conductas tuyas producían una respuesta de esta persona específica. Hablar, estirar la mano, planear, tocar, preguntar, compartir: cada una de esas conductas iba seguida de una consecuencia entregada a través de ella. En los términos psicologicos más simples, esa persona se había convertido en la consecuencia confiable de una enorme porción de todo lo que hacías. Estaba tejida en las contingencias de tu vida cotidiana de un modo tan denso que dejaste de notar el tejido por completo.

 

B.F. Skinner describió esto allá por 1953, cuando la persona que reforzaba tu comportamiento ya no está, buena parte de tu conducta, una cantidad enorme de tus acciones cotidianas deja de pronto de producir su resultado habitual. La conducta nunca fue «sobre» alguna sustancia interna de apego que se te escapa, o algo más espiritual, se mantenía, día tras día, por lo que ocurría después de hacerla. Quitas a la persona y quitas de golpe la consecuencia de miles de conductas bien practicadas.

 

Cual es el camino que propone la ciencia?

 

El duelo es universal, así que la consejería para el duelo seguramente es una de las intervenciones más establecidas y obligatorias de toda la salud mental, ¿cierto? No del todo, y la respuesta tambien asombro a unos cuantos dentro del campo de la psicologia.

 

Currier, Neimeyer y Berman reunieron 61 estudios controlados de intervenciones para el duelo en un metaanálisis de 2008 publicado en Psychological Bulletin. En conjunto, las intervenciones tuvieron un efecto pequeño justo después del tratamiento, pero ningún beneficio estadísticamente significativo en el seguimiento.

 

Si profundizamos, podemos encontrar las respuestas: las intervenciones ofrecidas a la población general en duelo no produjeron resultados estadísticamente mejores que lo que sucedía con el mero paso del tiempo, porque la mayoría de las personas tienen la resiliencia personal y el apoyo familiar y social para adaptarse a la pérdida reciban o no consejería.

 

Que ese sea el tercer peso que se va de tus hombros. Si tu familiar murió y no corriste a terapia y resultaste estar bien, no necesariamente significa que aun estes en la etapa de negacion, y no es una herida esperando silenciosasmente para luego abriser y lastimarte. Estadísticamente, es el resultado más común que existe.

 

Lo que nos lleva al hallazgo más calladamente radical de toda la investigación del duelo, y le pertenece a George Bonanno. La mayoría de los estudios sobre duelo empiezan después de la muerte, lo que significa que no pueden saber cómo era la gente antes. Bonanno y sus colegas hicieron la versión difícil y costosa: en un estudio de 2002 siguieron a 205 personas desde antes de que muriera su cónyuge hasta 18 meses después. Encontraron varias trayectorias distintas: duelo crónico, depresión crónica, recuperación gradual, pero hubo un patrón que resaltó: el duelo común fue relativamente infrecuente, y el patrón resiliente fue el más frecuente.

 

La resiliencia, recibir un golpe duro y luego, a lo largo de semanas y meses, ponerte de pie de forma sostenida sin caer nunca en un trastorno duradero, en realidad no ha sido la excepción rara y envidiable que creíamos. Es la manera más común en que los seres humanos responden a perder a la persona alrededor de la cual construyeron su vida. Un metaanálisis posterior de 54 estudios sobre muchas clases de eventos potencialmente traumáticos encontró que alrededor del 65 % de las personas muestran una trayectoria de pocos o ningún síntoma de psicopatología; esa trayectoria resiliente no solo es la más común, es la mayoría.

 

Estamos, al parecer, hechos para sobrevivir a esto. No porque seamos fríos, o nos intentamos proteger del dolor, o por olvidar, sino porque contactar nuevas fuentes de reforzamiento y reconstruir una vida funcional es algo que nuestra conducta hace, dado tiempo y la oportunidad.

 

Y que pasa con quienes no pueden?

 

No debemos minimizar esto en un «todos están bien». Hay personas que no están bien, y fingir lo contrario justamente permite que se abandone justo a quienes más por lo general necesitan cuidado de verdad.

 

Para una minoría, el duelo no cede con el tiempo: se atasca. La añoranza sigue en carne viva, la evitación se endurece, la vida sigue organizada alrededor de la ausencia uno y dos años después, con un deterioro real. En 2022 esto se reconoció formalmente como Trastorno de Duelo Prolongado, agregado al DSM-5-TR, el único diagnóstico nuevo de esa revisión, y presente también en la CIE-11. El umbral es deliberadamente conservador: al menos doce meses desde la muerte en adultos, con añoranza o preocupación persistente e intensa que perturba seriamente la capacidad de funcionar.

 

¿Qué tan común es? Lundorff y sus colegas hicieron un metaanálisis en 2017, reuniendo 14 estudios y poco más de 8.000 adultos en duelo. Encontraron una prevalencia agrupada de trastorno de duelo prolongado del 9,8 %, lo que sugiere que alrededor de uno de cada diez adultos en duelo mostrará niveles clínicamente significativos de estos síntomas. La tasa sube de forma pronunciada tras una pérdida violenta o repentina: un metaanálisis aparte encontró duelo prolongado en cerca de la mitad de quienes perdieron a alguien por muerte violenta. Y rara vez viaja solo: entre las personas con duelo prolongado, los metaanálisis de comorbilidad reportan depresión en torno al 63 %, ansiedad alrededor del 54 % y estrés postraumático cerca del 49 %.

 

Aquí está por qué la distinción importa enormemente, y por qué «dale tiempo» es lo correcto para la mayoría y peligroso para este grupo. Los tratamientos que funcionan para la depresión común no funcionan bien para el duelo prolongado. Es un animal distinto que necesita una herramienta distinta.

 

Y existe una herramienta. Katherine Shear y sus colegas construyeron un tratamiento dirigido y estructurado, al principio llamado Tratamiento del Duelo Complicado, hoy Terapia del Duelo Prolongado, y lo pusieron a prueba en un ensayo controlado aleatorizado publicado en JAMA en 2005, el primero de su tipo en demostrar su eficacia. El enfoque es, en su núcleo, conductual: detiene la evitación y lleva a la persona, en pasos graduales y acompañados, de vuelta al contacto tanto con los recordatorios de la pérdida como con la reconstrucción de una vida que valga la pena vivir. Cuando los investigadores lo contrastaron más tarde con los nuevos criterios diagnósticos, los números fueron llamativos: las tasas de respuesta de quienes recibieron el tratamiento frente a quienes no lo recibieron fueron del 88,2 % contra el 60,9 % en personas que cumplían los criterios del DSM-5-TR para el duelo prolongado.

 

La mayoría de la gente, con tiempo y la compañía de otros, encuentra su propio camino para salir, y no necesita tratamiento para lograrlo. Pero una minoría real se queda atascada, y para ella el consuelo vago y el paso del tiempo no alcanzan, mientras que un tratamiento específico, basado en la exposición y centrado en la conducta, puede cambiar toda la trayectoria. Saber en cuál de las dos situaciones estás es todo el juego. Si un año después sigues organizado por completo alrededor de la ausencia, sigues evitando cada recordatorio, sigues sin poder funcionar, eso no es un defecto de carácter para aguantar. Es una señal para buscar a alguien que trate el duelo prolongado de forma específica.

 

Construye hábitos saludables con terapia

Este artículo brinda información general y no constituye asesoría médica o terapéutica. Las menciones a diagnósticos u opciones de terapia / tratamiento son educativas y no indican disponibilidad a través de Umana en tu país.

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